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El
componente cultural:
un
ingrediente más
en las clases de lengua
LOURDES
MIQUEL / NEUS SANS
Lourdes Miquel
es en
la actualidad profesora de la Escuela
Oficial de Idiomas Barcelona-Vall d’Hebró y de créditos relacionados con
el análisis comunicativo de la lengua en el Máster de la Universidad de
Salamanca, en el de la Universidad Antonio de Nebrija y en la Universidad
de Barcelona. Por su parte, Neus Sans imparte
clases en el Máster de Didáctica de la Universidad Antonio de Nebrija,
en el de la Universidad de Salamanca y en el de la Universidad de Gerona,
y colabora en numerosos cursos de formación y reciclaje de profesorado
de E/LE.
- Pero ¿no dices nada?
- preguntó la Reina.
- Yo, yo... no sabía que
tuviese que decir nada por ahora... -vaciló,
intimidada, Alicia.
- Pues debías haber dicho
- regañó la Reina con tono severo- "Pero
qué amable es usted en decirme estas" cosas".
LEWIS CARROLL, Alicia
a través del espejo
-
Señor, bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha dicho son cosas
buenas, santas y provechosas; pero ¿de qué han de servir si de ninguna
me acuerdo?
CERVANTES,
El ingenioso
hidalgo
1. EL ESTADO DE LA CUESTIÓN
Resulta
frecuente escuchar que la lengua y la cultura están íntimamente unidas, que
todo en la lengua es cultura, que lengua y cultura son realidades
indisociables, pero, sin embargo, en la práctica didáctica, tradicionalmente
se ha producido una escisión entre una y otra realidad. De hecho basta mirar
cómo se definen las clases de muchos centros de enseñanza para observar que
hay unas horas de "gramática" y otras de "cultura", perfectamente
diferenciadas en la programación y sin que se produzca jamás ningún contacto
entre ambas materias. Pero en la enseñanza de lenguas extranjeras no sólo
existe esa tremenda escisión, sino que hay, además, una determinada
jerarquización de las dos materias que convierte a la lengua en "el pariente
pobre" un instrumento depreciado por el que, parece, se tiene que pasar para
llegar al objetivo real, legítimo, sacralizado: la cultura. Prueba de que esta
jerarquización está presente aún es nuestros días es la frecuencia con la que
se oyen frases, pronunciadas por personas que, teóricamente, son especialistas
en E/LE, de este estilo: "No sólo impartimos clases de lengua...", "No nos
vamos a contentar con enseñar la lengua...", "Un profesor de español no debe
conformarse con enseñar gramática, tiene que enseñar cultura...". "...Sobre todo
tratándose de un país tan rico culturalmente como el nuestro", suelen decir
para terminar...
Pero, ¿qué se quiere decir, en
esas situaciones, cuando se dice "lengua", y cuando se dice "cultura"? A
nuestro entender, se habla desde una concepción de la lengua que la reduce,
aún, a un simple conjunto de reglas morfosintácticas y léxicas y con una
visión de la cultura referida exclusivamente a toda práctica "legitimada", es
decir, etiquetada socialmente como producto "cultural": arte y literatura (muy
especialmente literatura) y, dentro de este último campo, textos y figuras
"sacralizadas" que, en muchas prácticas didácticas, conviven, además, con
algún ejemplo de cultura "tradicional", del tipo: "A la mar fui a por
naranjas, cosa que la mar no tiene".
Reivindicar
la competencia comunicativa, la capacidad del estudiante de interactuar en
situaciones de comunicación, implica un nuevo enfoque de "lo cultural".
Para ello, en
este artículo nos proponemos reflexionar sobre qué relaciones hay entre el
componente lingüístico y el cultural, qué lugar deberá tener éste en el aula,
en los materiales, qué técnicas y estrategias deberán desarrollarse para
situarlo en el lugar que merece, qué influencia tiene en los errores de
adecuación comunicativa de nuestros estudiantes, qué papel deberá jugar el
profesor... En definitiva, una nueva reflexión de lo que, hasta ahora, se ha
entendido por "cultura y civilización" en la clase de lengua.
Y quizá sea
éste un buen momento para esa reflexión ya que, si se trataran de aplicar al
terreno de la competencia cultural los planteamientos que se están realizando
últimamente en el terreno de la didáctica y reivindicáramos, sin más, que los
estudiantes en sus actuaciones deben movilizar estratégicamente sus
conocimientos del mundo para poder generar hipótesis, ensayar, verificar...,
nos encontraríamos con que estábamos induciéndoles al fracaso y al
reforzamiento del etnocentrismo. Justamente en los aspectos culturales es
donde más hay que frenar la inferencia y la generalización de los estudiantes,
dado que el trabajo del componente cultural debe, fundamentalmente, ir
demostrando que las pautas de cada cultura no son universales. Tampoco se
trata, sin embargo, como veremos, de aplicar el refrán español "Allá a donde
fueres haz lo que vieres", no hay que olvidar los principios generales de la
didáctica actual: que el estudiante es un individuo único y que debe seguir
siéndolo con la nueva lengua que aprende.
2. A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LAS COSAS
SANTAS Y PROVECHOSAS
Desde nuestro
punto de vista, todo estudiante de una lengua extranjera va, inevitablemente,
a encontrarse como "Alicia a través del espejo":
no sólo no sabe qué aspecto formal dar a sus emisiones, cómo formalizar
lingüísticamente sus intenciones comunicativas, sino que, además, ignora qué
expectativas tienen sus interlocutores, si se debe o no participar en la
comunicación en un contexto determinado, qué ritos comunicativos debe respetar
y cómo son, en concreto, esos ritos.
Por otra
parte, también sucede con frecuencia que los estudiantes, en las clases de
español, abrumados por el caudal de informaciones culturales que reciben, no
vividas ni vinculadas a su experiencia, a sus necesidades, a sus gustos, etc.,
se convierten en "Sanchos" que intuyen las bondades de esos conocimientos pero
que tienen la certeza de que no es ése el camino para hacerlos propios, para
interiorizarlos.
Si, desde una
perspectiva comunicativa, queremos que el estudiante sea competente, es decir,
que no tenga sólo conocimientos sobre, sino que estos conocimientos le sirvan
para actuar en la sociedad o con los individuos que hacen uso de la
lengua-meta, la necesidad de abordar la competencia cultural como una parte
indisociable de la competencia comunicativa es incuestionable.
3. LA DIFÍCIL TAREA DE DEFINIR QUÉ ES
CULTURA
En cualquier
bibliografía especializada se pueden encontrar numerosísimos intentos de
definir el concepto "cultura": algunas definiciones son contradictorias entre
sí, otras varían en pequeños matices y algunas olvidan aspectos que son
fundamentales para otras definiciones. Pero no pretendemos proponer aquí un
debate de teoría antropológica. Nos vamos a limitar, simplemente, a basarnos
en algunas de esas definiciones que nos parecen especialmente operativas desde
nuestra perspectiva de enseñantes.
Resumiendo a
Harris (1990) podríamos decir que la cultura es un conjunto
aprendido/adquirido socialmente de tradiciones, estilos de vida y de modos
pautados v repetitivos de pensar, sentir y actuar. Definición a la que
podríamos añadir la de Porcher (1986): "Toda cultura es un modo de
clasificación, es la ficha de identidad de una sociedad, son los
conocimientos de los que dispone; son las opiniones (filosóficas,
morales, estéticas...) fundadas más en convicciones que en un saber. Y,
para completar este marco teórico, nos permitimos añadir que la cultura es,
ante todo, una adhesión afectiva, un cúmulo de creencias que tienen
fuerza de verdad y que marcan, en algún sentido, cada una de nuestras
actuaciones como individuos miembros de una sociedad.
Estas definiciones pueden,
seguramente, ser suscritas por la mayoría de los profesores de lengua, pero
eso no garantiza que en ese gran marco que toda definición circunscribe, todos
incluyamos los mismos conceptos. A nuestro entender, lo cultural incluye una
serie de fenómenos variopintos, pero sin embargo, clasificables, que podrían
agruparse de este modo:

El cuerpo central de este esquema, lo que
nosotras, coloquialmente, hemos denominado "cultura a secas", comprende todo
lo compartido por los ciudadanos de una cultura. Sería algo así como un
estándar cultural, el conocimiento operativo
que todos los nativos poseen para orientarse en situaciones concretas, ser
actores efectivos en todas las posibles situaciones de comunicación y
participar adecuadamente en las prácticas culturales cotidianas. Y es
precisamente este cuerpo central lo que da sentido a lo que podríamos llamar
la "dialectología cultural": las partes inferior y superior.
La "cultura a secas" abarca todo lo pautado, lo
no dicho, aquello que todos los individuos, adscritos a una lengua y cultura,
comparten y dan por sobreentendido. En España, por ejemplo, los extranjeros
necesitarán una serie de propuestas didácticas que les permitan "entender" las
cosas que suceden a su alrededor (que el luto se simboliza a través del negro;
que el 6 de enero se celebra la fiesta de los Reyes Magos;
que la gente toca madera para ahuyentar a los malos espíritus,...), que les
permitan "actuar" adecuadamente (que, en las ciudades, se suele comer entre
dos y tres; que, en España, los sellos se compran en los estancos; que muchos
productos, como, por ejemplo, los huevos, se compran en docenas o en medias
docenas...) y, por último, información para interactuar (que no se
habla de los sueldos salvo en relaciones de mucha confianza;
que, cuando se recibe un elogio,
hay que reaccionar quitándole importancia...).
Sólo a partir de este conocimiento, los miembros
de una cultura pueden acceder (ser actores y receptores eficaces) a lo que
hemos llamado "dialectos culturales", la "kultura con k" y la "Cultura con
mayúsculas" (no siempre compartidos del mismo modo por todos los individuos):
leer un poema surrealista o una novela picaresca, redactar una instancia,
identificar social o culturalmente a un interlocutor y actuar lingüísticamente
adaptándose a ese interlocutor, reconocer el argot juvenil a pesar de su
continua variación, etc.
Por otra parte, hay que tener muy en cuenta que
no nos estamos refiriendo a compartimentos estancos ya que, en bastantes
ocasiones, la "Cultura con mayúsculas" y la "Kultura con K" van a revertir en
el cuerpo central de la cultura, engrosando la zona de lo compartido por
todos. Una determinada expresión literaria puede, por ejemplo, llegar a formar
parte del acervo de la gran mayoría de los individuos, incluso de aquellos que
no son lectores habituales, e incluirse en intercambios de este tipo: "Se nos
estropeó la moto en un pueblecito de Soria, de cuyo nombre no quiero
acordarme" al igual que un término de argot puede progresar hasta llegar a ser
una expresión habitual en el estándar. Sería
francamente difícil identificar como propia de un grupo determinado de
personas una frase como: "Es un tío muy simpático y con mucha pasta", de la
que sólo podemos decir que se produce en un registro coloquial.
A nuestro juicio, la mayor parte de los esfuerzos
didácticos deben, en consecuencia, centrarse en ese cuerpo central,
única posibilidad de que, cuando los estudiantes
realicen incursiones a los extremos, logren captar muchos de los matices que
cualquier miembro de la comunidad cultural es capaz de decodificar. Por ello,
todo profesor, al examinar y producir materiales, debería considerar qué tipo
de contenidos culturales ofrecen y valorar la proporción que ocupa el
cuerpo central versus los extremos del esquema.
Conviene pararse a reflexionar aquí un momento
sobre la tan cacareada, a la vez que poco ejemplificada, íntima conexión entre
lengua y cultura. Las reflexiones realizadas hasta aquí, así como los
documentos analizados, nos parecen un buen exponente de esa unión, unión que
se hace más y más incuestionable cuando se analizan fragmentos de auténticos
intercambios comunicativos extraídos de la vida cotidiana:
|
1 |
Deje, deje. Esto lo pago yo |
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2 |
Vivo en Velázquez, 34 1º 2ª |
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3 |
Podríamos tutearnos, ¿no? |
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4 |
¡Qué monada! Se parece mucho a ti, ¿verdad? |
|
5 |
Éste es Carlos, el padrino de mi hija. Es un
primo segundo mío. |
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6 |
Oye, perdona la indiscreción, pero es que tengo
un problema en el trabajo y necesito saberlo... ¿Tú podrías decirme
aproximadamente cuánto gana una persona como tú? |
Todos estos enunciados dan cuenta de cómo el
hecho de disponer de determinadas pautas culturales genera determinados
comportamientos comunicativos (y, por tanto, la elección de determinadas
formas lingüísticas y no otras). Puede observarse, por ejemplo:
-
la habitual y, generalmente ineludible,
negociación del pago de una pequeña consumición en un bar (1)
-
la forma habitual de dar una dirección, que
revela un modo de ordenación urbana (calle + número + piso + puerta) (2)
-
las diferentes reglas contextuales para el uso
del tuteo (3)
-
el registro femenino de la expresión ("monada"
junto a la obligatoriedad de aludir, de uno u otro modo, al parecido físico de
un niño con sus familiares (4)
-
la pertinencia, al presentar a alguien, de dar
algún tipo de explicación que, frecuentemente, consiste en referirse a la
relación que nos une con la persona que presentamos (5)
-
la relevancia de determinados grados de
parentesco, así como la existencia misma de la figura del "padrino" (5) y
- la
existencia de determinados tabúes comunicativos que, sólo excepcionalmente,
pueden tratarse, siempre y cuando se den explícitamente una serie de
explicaciones que así lo justifiquen (6).
Todas estas observaciones no responden, ni mucho
menos, a reglas universales, sino que son propias y exclusivas de la lengua y
de la cultura españolas. Por tanto, en otras culturas, los intercambios
comunicativos en situaciones similares, serán sensiblemente diferentes tanto
en su desarrollo como respecto a las expectativas que tendrán en ellos sus
participantes y puede ser, incluso, que algunos de estos actos comunicativos
sean inexistentes en muchas lenguas.
Se puede, por tanto, concluir que enseñando
lengua, entendida como un instrumento de comunicación, se enseña, aun sin ser
consciente de ello, una serie de prácticas sociales y de valores culturales.
Debe, en consecuencia, quedar claro que jamás se llegará a potenciar en el
estudiante la competencia comunicativa en una lengua extranjera, si no se
considera como uno de sus componentes básicos de la enseñanza, la competencia
cultural.
4. UN JEROGLÍFICO CULTURAL
Para medir las dimensiones del componente
cultural en muestras de lengua que podemos considerar representativas de
intercambios cotidianos en español, se pueden analizar intercambios
comunicativos de este estilo.
A.
Buenos
días, ¿qué van a tomar?
B.
Yo una caña
C.
Yo, un cuba libre
D.
Y , yo un café
C.
¿A esta hora?
D.
Sí, me apetece
A.
¿Y para picar?
B.
¿Qué tal unos callitos y una de pulpo?
C.
Vale, y un poquito de este jamón. Oye, es jabugo,
¿verdad?
A.
Sí, claro
C.
Pues una de jamón, también, ¿no? ¿Nos sentaremos?
D.
No tenemos mucho tiempo
C.
¿Fumas? Es negro, ¿eh?
B.
Ah, pues no, gracias. Prefiero el mío
D.
No, gracias, ahora no. Lo acabo de tirar.
¡Qué
desastre ayer!
C.
Sí, Michel estuvo fatal. Pero el árbitro...
...
B.
Pepe, ¿cuánto se debe?
C.
Oye, ni hablar. Pago yo.
B.
Que no, que no, que tengo que cambiar
C.
Pero, hombre...
B.
No se hable más. Pepe, no le cobres a este señor.
C.
Pues muchas gracias, hombre
...
A.
Gracias.
¡Bote!
Sería muy largo enumerar todos los elementos de
orden cultural contenidos en este diálogo, pero podemos destacar los
siguientes:
-
tipo de bebidas y horarios habituales de
consumición de cada una de ellas (el café no suele consumirse entre el
mediodía y la comida, por ejemplo)
-
qué es una "tapa" y la, costumbre española de
tomarlas ya en el aperitivo
-
la negociación de las consumiciones (como se
presupone que las tapas se van a compartir, se negocia su elección) y las
consecuentes estrategias lingüísticas para lograr la aceptación de las
propuestas (los diminutivos, por ejemplo)
-
la relación de los españoles con el tabaco (es
preceptivo que la persona que va a fumar invite, el que no acepta la
invitación se justifica, el tabaco negro está menos prestigiado que el rubio,
etc.)
-
el fútbol como tema omnipresente en las
relaciones informales entre determinado tipo de hombres
-
la relación personalizada con el camarero, al
que, en un establecimiento al que se acude habitualmente, se le llama por su
nombre y se tutea, mientras que, generalmente, él no tutea a los clientes
-
la negociación para pagar l0 que todos han
consumido cuando se trata de pequeñas consumiciones y la consiguiente
utilización de un repertorio limitado de fórmulas para llevarla a cabo
-
la costumbre de la propina
-
y todo ello en relación con las características
propias de los diversos tipos de bares en España (por ejemplo: la importancia
de la barra, la costumbre de quedarse de pie...).
Todos los extranjeros, con un cierto nivel de
español, a los que se les enseñó este texto, reconocieron unánimemente que su
experiencia confirmaba la indescifrabilidad de ciertos elementos culturales
si, previamente, no se les habían aportado ciertas claves para acceder a la
comprensión de lo que, si no, se presenta como un auténtico jeroglífico.
Esta visión de lo hermético de la cultura, que se
manifiesta en la lengua (el léxico, los recursos funcionales, los intercambios
ritualizados, etc.) , permite constatar la ingenuidad de ciertas prácticas
didácticas, visibles en muchos de los manuales en el mercado, que pretenden
enseñar, simplemente, a tomar un café (¿Qué desea tomar? Un café / un café con
leche / una cerveza...) sin arropar esta práctica con un trabajo serio del
componente cultural. El simple hecho de pedir un café en un bar exige
movilizar una buena parte de los aspectos comentados anteriormente, además de
otros, como, por ejemplo, lo sorprendente que resultará en un contexto
hispano, que un adulto, dentro del horario en el que es habitual consumir
café, cortados o cafés con leche, pida un vaso de leche, fenómeno
absolutamente normal en otras culturas.
Este tipo de reflexión, que, a primera vista,
pudiera parecer anecdótica, es válida para todos los ámbitos de interacción
social y está íntimamente relacionada con las expectativas que los hablantes
tienen en cada una de esas interacciones. El extranjero, si no está advertido,
desarrollará comportamientos verbales y no verbales que a los nativos les
parecerán inadecuados y que tenderán a juzgar. No estamos diciendo con esto
que el extranjero que aprende una lengua deba "camaleonizarse", pretender
comportarse en todo momento como un miembro de la comunidad que habla esa
lengua, sino que tiene derecho a tener un máximo de información para, de una
forma consciente, elegir en todo momento entre transgredir o respetarlas
pautas culturales esperadas. Esto exige del profesor de lengua una tarea
permanente de colocarse en la postura del antropólogo-observador para ser
capaz de "hacer visibles" los implícitos culturales, es decir, todo aquello
que para un ciudadano es tan normal, tan obvio, tan natural, que resulta
invisible.
5. ALGUNOS RITOS COTIDIANOS
¿Qué español, en sus primeros contactos en un
país sajón, no se ha quedado viendo desfilar maravillosas tartas que los otros
invitados consumen relajada y entusiastamente mientras él, con la boca agua,
espera que sé las vuelvan a ofrecer, sin conseguirlo, después de haberlas
rechazado cortésmente al serle ofrecidas por primera vez? ¿Y qué sorprendido e
incómodo se queda el invitado sajón cuando su anfitrión español insiste una y
otra vez en ofrecerle cosas que quizá no le apetecen? Lo generalizado de ambas
situaciones nos debe hacer pensar que, en ambos casos, los hablantes están
actuando de acuerdo con determinados requerimientos culturales de su propia
cultura y que en absoluto se trata de quién es más educado, quién es más
sincero ni quién es más hipócrita. Estamos, simplemente, ante un rito
cultural.
El siguiente documento ha sido examinado por
numerosos españoles y todos han coincidido en
que el intercambio núm. 4 es el más previsible entre hablantes españoles en
esa situación dada (dos personas que no se conocen mucho y que una de ellas ha
acudido a casa de la otra no por una invitación, sino con otro objetivo):
He aquí varios diálogos para
presentar en una clase de español. La situación en todos e/los es la misma:
una persona de mediana edad ha ido un momento a casa de otra, a la que no
conoce mucho, a recoger un libro que necesitaba. ¿Cuál es el que más se
aproxima a la interacción que en condiciones normales tendría lugar?
1.
A.
Buenos días, ¿qué va a tomar?
B.
Sí, una coca-cola, por favor
2.
A.
¿Quiere tomar algo?
B.
No, muchas gracias
... (un rato después)
A.
Bueno, pues adiós. Hasta el lunes
B.
Adiós, hasta el lunes
3.
A.
¿Quiere tomar algo?
B.
No, muchas gracias
... (un rato después)
B.
Pues ahora si tengo sed
4.
A.
¿Quiere tomar algo? Una cerveza, una coca-cola...
B.
No, nada muchas gracias
A.
O un café o un té...
B.
No, de verdad, muchísimas gracias
...(un rato después)
A.
¿Seguro que no le apetece un café o un refresco?
m
Bueno, pues sí. Un cafecito, si usted lo toma también...
Ante una postura tan inequívoca, nos tendremos
que preguntar, por tanto, cuáles son las expectativas de cada hablante español
(anfitrión-visitante) desde el momento en el que se inicia una invitación de
estas características:
-
cuando se recibe una visita en casa, siempre se
le ofrece algo, pero, cuando el anfitrión ofrece por primera vez,
espera, sin embargo, una negativa,
-
el invitado rechaza, pero espera un nuevo
ofrecimiento posterior,
-
el anfitrión se siente obligado a ese segundo
ofrecimiento, reformulando lingüísticamente el primero,
-
según el grado de confianza
esta "operación" se repetirá más veces o, ya aquí, el visitante podrá aceptar
el ofrecimiento,
-
si el visitante acepta tomar algo, debe
justificarse o aludir al hecho de que no quiere causar molestias,
-
de no aceptar –siempre
mediante una justificación-, el anfitrión sabe ya, en esta fase, que el
rito ha terminado y que es una negativa veraz.
Se constata de nuevo la ingenuidad y falta de
reflexión, tanto lingüística como cultural, al presentar y practicar en clase
los consabidos, aunque ineficaces por distantes de la realidad, ejemplos del
tipo:
A.
¿Quieres un café?
B.
Sí, gracias. / No, gracias.
Intercambio exclusivamente posible en relaciones
casi familiares, que son, justamente, en las que
previsiblemente menos va a participar, salvo
escasas excepciones, un extranjero.
6. ¿POR QUÉ LO LLAMAN "FROMAGE" CON LO CLARO QUE
SE VE QUE ES UN QUESO?
Todos sabemos que las lenguas parcelan la
realidad de modos distintos. Curiosamente, este conocimiento todavía no se
tiene en cuenta en muchos materiales para1a enseñanza del español. Una, otra
vez, "ingenua" universalización y un inconsciente etnocentrismo dan lugar a
que en manuales al uso se encuentren planteamientos como el siguiente:
En algunos manuales de español la
conceptualización para enseñar a saludar se presenta así:
Ya sé saludar:
Por la mañana saludo diciendo:
'Buenos días'
Por la tarde saludo diciendo:
'Buenas tardes'
Por la noche saludo diciendo:
'Buenas noches'
Para enseñar una acto
de habla tan aparentemente sencillo como "saludar", hay que considerar,
también, las prácticas culturales que determinan las fronteras entre el uso de
uno u otro saludo. En español, por ejemplo, disponemos de tres formas de
saludar refiriéndonos explícitamente a las partes del día, a diferencia de
otras lenguas que parcelan el día en distintos fragmentos. Además, , en
español, esta división no se trata de una pura cuestión solar, sino que se
establece, sobre todo, en relación con las horas de las comidas, las
cenas, la vuelta a casa, si el saludo se realiza en la calle o en el terreno
de uno o de los dos interlocutores, etc. Y, por último, habrá que analizar
detenidamente en qué contextos se usan estas formas frente a otros posibles
saludos: "Hola, ¿qué tal?", no sería indicado al llegar a una ventanilla
ministerial y situarse frente a un desconocido funcionario, como tampoco es
pertinente, salvo seria crisis conyugal, saludar a la familia con un "Buenas
tardes", al llegar a casa.
Para enseñar a saludar se tendrán, pues, que
tener en cuenta todos estos factores, sin olvidar, tampoco, todas las
conductas gestuales (apretones de mano, besos, golpecitos en la espalda...,
según sea la relación que una a los interlocutores y el contexto en el que se
encuentren), conductas que van asociadas al saludo, que están tan codificadas
como lo está el comportamiento verbal y, sin embargo, casi siempre desterradas
de la práctica didáctica.
7. SEGUIR REFLEXIONANDO...
Nos permitimos, aquí, ofrecer una serie de
conclusiones, siempre provisionales en este complejo tema, en relación con los
aspectos que, a nuestro modo de ver, tienen que presidir nuestra reflexión
lingüística y didáctica:
El componente cultural, debe considerarse un
componente más de la enseñanza / aprendizaje de lenguas extranjeras.
Las reflexiones que, en didáctica, nos hacemos al
analizar los demás componentes, deben aplicarse también al terreno de la
cultura para verificar si aquí también resultan válidas.
Una enseñanza de la lengua que tenga como
objetivo capacitar al estudiante para ser competente comunicativamente deberá
conceder un papel esencial al componente cultural, como un elemento
indispensable –e indisociable- de la competencia comunicativa.
Los elementos culturales no deben tener un lugar
apartado en los materiales, no deben estar en un coto especial, sino que todas
y cada una de las propuestas didácticas que llevemos a nuestra clase tienen.
que estar iluminadas e imbuidas, explícita o implícitamente, de lo cultural.
La cultura que debemos facilitar a los
estudiantes no tiene que ser una cultura de estereotipos. Muy al contrario,
hay que huir de los tópicos y una de las maneras más eficaces de hacerlo es
proporcionando un mosaico variado y múltiple de ofertas distintas.
El profesor no tiene que convertirse en
un especialista de la cultura del estudiante ni en
un antropólogo profesional. Basta con que tenga los ojos abiertos ante las dos
realidades, la extranjera y la propia, para mantener una cierta
distancia que le permita realizar una reflexión permanente sobre los aspectos
culturales que inciden o pueden incidir en la conducta lingüística de sus
estudiantes.
Los estudiantes deben disponer de información
suficiente para conocer qué es lo que se espera de ellos en cada situación de
comunicación en la lengua extranjera. Sólo con esa información el
estudiante podrá, en
cada caso, optar entre seguir siendo extranjero o adaptarse a lo culturalmente
exigido o presupuesto. En cualquier caso, es una opción que, como individuo,
tomará cada uno de nuestros estudiantes. Es conveniente, además, advertirles
de un fenómeno muy generalizado: la tolerancia de los nativos con los
extranjeros, no sólo frente a los errores de lengua sino también frente a los
modos "distintos" de actuar, desciende a medida que aumenta la competencia
lingüística del extranjero.
Al plantearse qué estrategias deben potenciarse
para el trabajo cultural en el aula, el profesor más que alimentar, deberá
frenar las inferencias y generalizaciones que los estudiantes realicen desde
su lengua y cultura materna y, a la vez, tendrá que favorecer aquéllas que
potencien la autonomía cultural (como la observación, por ejemplo).
Al poner en contacto las distintas culturas, la
cultura meta y la de los estudiantes, el trabajo se centrará tanto en las
similitudes como en las diferencias.
La explicitación y el trabajo comparativo de los
"modos de hacer" y entender el mundo, tanto de la lengua y cultura meta como
de la propia, debe ser una práctica habitual en clase, única brújula que
permitirá orientar al estudiante en el maremágnum de ese nuevo mundo con el
que se enfrenta y, además, crecer como individuo, conocer mejor su propia
cultura y disponer de herramientas válidas contra
actitudes y conductas etnocentristas.
Quizá, de este modo, restituyendo tanto la
concepción de la cultura como la de
la
lengua, contribuyamos, de paso, a que los pueblos se entiendan un poco mejor.
SELECCIÓN BIBLIOGRÁFICA
BEACCO, J.CI., "Savoirs sociaux" en Le Français
dans le monde, 184 (1984)
BENADAVA, S., "La civilisation dans la
communication",
en Le Français dans le monde, 184 (1984)
COMPTE, C., "De la parole a I'image",
en Le Français dans le monde, 80 (1983)
HARRIS, M., Antropología cultural, Alianza
ed., Madrid, 1990
KOPPENHOFER, K. et al. La composante
culturelle dans l'acquisition d'une compétence de communication, Conseil
de la Cooperation Culturelle (Atéliers Internationaux). Estrasburgo 1984
LlEUTAUD,S. Et al.,
Moeurs et
Mytes,
Hachette, París, 1981
MAIRET, F ., La composante culturelle,
Conseil de l'Europe, Estrasburgo, 1987
MELONI, Ch. et al., Say the rigth thing,
Addison-Wesley, 1981
PORCHER, L. et al., La civilisation, Clé
International, París, 1988
En España, por ejemplo, es frecuente
usar la queja como modo de resolver los
primeros momentos de un primer contacto: un ejecutivo que va recoger a otro
a un aeropuerto una de las primeras cosas que puede hacer es quejarse del
tiempo, de la circulación, del país, etc. Sin embargo, en la mayor parte de
los países nórdicos, quejarse en uno de los actos más íntimos, reservado a
relaciones de absoluta familiaridad.
Un magnífico ejemplo de lo que no debe ser una
clase de lengua ni de cultura podemos encontrarlo en "Lucas, sus clases de
español", en Un tal Lucas de Julio Cortázar.

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